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La angustia neurótica

La angustia es una señal de alarma. Fue descrita por el psiquiatra y psicoanalista francés, Jacques Lacan, como el único afecto que no engaña, diferenciándolo de los demás sentimientos que de alguna manera participan de algo de ficción, de dimensión imaginaria.

A la angustia se la nombra hoy en día de diferentes maneras; una muy extendida es la de “ataque de pánico” (panic-attack). En estos casos se manifiesta a modo de golpetazo, de ataque, de manera puntual. Puede aparecer en los momentos más insospechados, en la rutina cotidiana, o en terrenos a menudo familiares, así, “sin venir a cuento”; y nunca mejor dicho puesto que la angustia tiene que ver con lo que no está escrito, con lo que queda fuera del texto, fuera del cuento con el que nos narramos la vida cotidiana, las relaciones con los demás y nuestra propia identidad. Después, como una mala tormenta, el ataque se desvanece y deja al sujeto sumido en perplejidad, embutido en un gran interrogante acerca de lo que acaba de vivir.

Otras veces, la angustia se manifiesta de manera no puntual sino generalizada, extendida en el tiempo y abarcando todas las escenas de la vida. El sujeto la padece constantemente, quizás con algunos picos, y llega a hacer la existencia invivible.

Este afecto, si es muy intenso, puede llegar a ser insoportable, tanto que puede incluso impulsar al sujeto a dar un paso al acto como única salida, como puede ser por ejemplo el suicidio. Y en otros casos paraliza, coarta el deseo, llena a la persona de inhibiciones, o fobias, pereza, manías, dolores en el cuerpo, conductas agresivas, adicciones, y, en general, todo tipo de manifestaciones sintomáticas cuya función es siempre la de defenderse de la angustia. La depresión puede acompañar debido a la sensación de impotencia del sujeto para controlar la angustia y de ver su vida coartada por los síntomas consecuentes.

Otras veces la angustia puede sobrevenir como una ligera oleada que viene y se va.

Cada persona tiene su propio umbral, su capacidad para soportar la angustia en sus diferentes intensidades.

 

La causa

Hay algo en la naturaleza de la angustia que excede a la significación. El sujeto que la experimenta no encuentra palabras para nombrarla, no sabe por qué le ocurre, no es capaz de dar una respuesta al interrogante con el que es cuestionado por ella. No localiza una explicación para la angustia. Podría parecer, pues, que la angustia no tiene objeto que la cause.

Pero sí que hay una causa de la angustia. Solo que esta causa no es tangible como en el caso del miedo. Ni es consciente. El miedo se diferencia de la angustia en que el objeto que lo provoca es observable y conocido ya que se aloja en la realidad. Se sabe a qué se tiene miedo, se puede nombrar. Se puede tener miedo por ejemplo a un examen, a la enfermedad, a la muerte, a un enemigo, etc. Todos sabemos lo que es el miedo.

Pero cuando una persona experimenta angustia no sabe decir qué es lo que le angustia. El propio sujeto que la padece queda interrogado por ella. Ni de lejos sospecha que sea él mismo quien la genera.

Paradójicamente, al mismo tiempo, puede experimentar una sensación de certeza. Sabe que ahí hay algo que le concierne. Quien padece de angustia sabe que ello tiene que ver con algo propio porque si no, no se interrogaría sobre ella. Ahí donde está la angustia hay algo cierto, algo de lo que no se puede escapar. De ahí la necesidad de actuar, por ejemplo huir de una escena, de un lugar, evitar volverse a encontrar con determinada persona, sortear las posibilidades de volver a vivir la escena en la que le sorprendió la angustia por primera vez. O por ejemplo construir una fobia para defenderse de la angustia.

Una fobia es un mecanismo por el cual el sujeto asocia una escena angustiante con un objeto. Al evitar este objeto (el objeto fóbico), por asociación mental, simbólica, el sujeto evita aquella escena primitiva. Así queda protegido de experimentar la angustia mayor. Tiene miedo a ese objeto que es fácilmente evitable.

Por ejemplo, si en una escena con otras personas a un sujeto le sobreviene una fuerte angustia y da la casualidad de que por ahí hay un perro que en ese momento se lanza sobre él para jugar, el sujeto, al desconocer el origen de la angustia, puede que piense que su angustia es debida al perro, que ya de por sí nunca le han hecho mucha gracia los perros. Y a partir de esta asociación empieza a constituirse una fobia a los perros. Es un mecanismo típico de los niños y de neuróticos adultos. Con ello el sujeto va a pasar a evitar escenas en las que hay perros, a personas que tienen perros y probablemente, así consiga evitar de paso a aquellas personas que en la escena originaria encendieron su angustia, ya que tendrá la excusa de no visitarlas por tener perro. A lo mejor lo que le angustió fue una frase de esas personas, o un pensamiento propio, cualquier cosa relacionada con esas personas. En definitiva, algo del deseo de esas personas le angustió, algo que captó de modo inconsciente. Esta fue la causa de su angustia y no el perro.

Hemos dicho que la angustia está fuera del discurso, que no hay palabras para nombrarla, que carece de sentido. Lo único que se puede describir de ella son los efectos que produce en el cuerpo: la taquicardia, la sudoración, el temblor, la respiración acelerada, la sensación física de ahogo, de mareo, el subidón de adrenalina, etc.

 

Pero, ¿de qué nos avisa la angustia? ¿Y para qué nos pone alerta el cuerpo?

La angustia tiene una función en nuestro psiquismo: la defensa. Al avisar de que en alguna parte hay un peligro, nos moviliza para defendernos de él. Solo que este peligro no viene del exterior sino que es subjetivo, viene de dentro.

La angustia tiene que ver principalmente con el interrogante acerca del deseo del Otro: ¿qué soy yo para el Otro? ¿Qué quiere de mí? ¿Para qué? ¿De qué manera? Esa ignorancia sobre el deseo del Otro produce angustia: el no saber qué objeto se es para el deseo del Otro.

La angustia tiene que ver también con el peligro de perder el deseo. Entendemos por deseo eso que convoca las ganas de vivir, de hacer cosas, ganas de encontrarse con los demás, ganas de levantarse por las mañanas, ganas de escoger, ganas de tener, ganas de comer, ganas de hacer el amor, ganas  de viajar, de conocer, de saber, de aprender, de jugar, etc. Para tener ganas de algo, por lógica, se requiere que ese algo falte previamente. El deseo, por estructura, se alimenta de lo que no se tiene. Si, por ejemplo, deseas comprar un objeto es porque no lo tienes. Con lo cual, hace falta una “falta” para poder desear. Cuando esta falta se ve amenazada el aparato psíquico reacciona para recuperar esa falta que estructuralmente origina el deseo. Si la “falta” falta puede sobrevenir la angustia. La angustia nos avisa de ese peligro.

También aparece la angustia cuando perdemos la capacidad de dar sentido a lo que vivimos. Cuando se agujerea el instrumento con el que interpretamos la realidad. Este instrumento lo llamamos en psicología fantasma. Para entender algo de la angustia basta saber que cuando este filtro, este instrumento de interpretación de la realidad y del deseo del otro falla, entonces es cuando aparece la angustia con mayúsculas. Cuando el fantasma se agujerea, cuando no es suficiente para interpretar algún episodio de la vida, se queda el sujeto desprovisto de esa protección frente al otro. El sujeto pierde su identidad, deja de ver su imagen habitual en el espejo que es la mirada del otro. El fantasma permite tener una identidad, estar seguro de lo que uno es, para el otro y para sí mismo. No nos vamos a centrar aquí en el proceso de construcción de un fantasma. Su origen está en la infancia y es inconsciente.

 

Tratamiento de la angustia 

El psicoanálisis posibilita la disolución de la angustia gracias al uso de la palabra. No se le da un tratamiento estereotipado, el mismo para todo el mundo, ni tampoco se  intenta cambiar los modos de pensar, ni los modos de sentir. Para reducir la angustia no valen las órdenes, ni los consejos, no hay remedios, ya que no se puede abarcar la angustia desde el discurso consciente. Pero a través de las palabras se puede ir cerniendo la causa, se puede rehabilitar la “falta” perdida, se puede trabajar algo del fantasma agujereado, se puede restaurar el deseo que en el fondo es de lo que se trata en toda psicoterapia.

Es a partir del síntoma como punto de partida como se puede indagar sobre la angustia. El sujeto ha fabricado los síntomas para defenderse de la angustia. Luego detrás del síntoma hay un saber del sujeto.

La angustia, pues, no es un afecto a eliminar, como por ejemplo hacen las terapias farmacológicas (ansiolíticos, sedantes, somníferos) ya que su manifestación es muy útil para avanzar en la investigación sobre sus determinantes.

El tratamiento medicamentoso, los ansiolíticos, la neutraliza. Parece que elimina la angustia, sin embargo no la toca. Sólo toca las sustancias químicas cerebrales que inhiben la sensación de angustia en el cerebro. Pero la angustia no está hecha de sustancias químicas, la angustia está hecha de psiquismo, está hecha de lenguaje, es un agujero, un descosido en medio de un tejido de palabras, luego es con lenguaje como ha de ser tratada, escuchada, hablada.

Si la angustia es el único afecto que no engaña se vuelve un instrumento útil en el tratamiento para poder detectar por dónde anda el deseo (inconsciente) del sujeto y la relación que pueda tener con posibles satisfacciones inconscientes del sujeto (a menudo indeseables, lo que llamamos goce). Por eso a menudo los ansiolíticos interfieren en el tratamiento psicoterapéutico llegando a retrasar sus efectos e incluso a veces vuelven imposible la terapia, debido a que al enmudecer a la angustia es más difícil acceder al lugar donde amarran el deseo y el goce.

La angustia, ella misma se esfumará en algún momento del tratamiento, entre las palabras.

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