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Una comunicación llena de malentendidos

A menudo escucho a personas que se quejan de incomunicación, con la pareja, con los padres, con los amigos o compañeros de trabajo. A veces se quejan de una incomunicación general en sus vidas, bien sea por la escasez de encuentros dialogantes, bien por la insatisfacción de los contenidos, banales, que no enriquecen las relaciones, como si no se hablara de nada, hablar por hablar, dicen. Pero hay otro tipo de dificultad en la comunicación que tiene que ver con la distorsión de los mensajes.

“Estoy harto de que mi pareja malinterprete sistemáticamente todo cuanto digo, con tal de hacerse la víctima“, “es que mi madre solo percibe lo malo, los defectos”, “mi padre ha interpretado el asunto como que lo hacemos en contra suya”, “no es que yo no quiera ir, no me malinterpretes”; “¿por qué me interpretas desea manera, si yo lo que quería decir es esto otro?”

A veces el malentendido es flagrante, otras veces es solo cuestión de pequeños matices. De ahí la sensación de que con unas personas nos entendamos mejor que con otras. Y no todo el mundo es digno de confiarle una intimidad.

Los malentendidos que resultan a veces pueden degenerar en graves conflictos, o en sentimientos de insatisfacción, de soledad, de inseguridad, y en pérdidas de autoestima.

 

¿Qué es lo que está en juego en la comunicación?

Los humanos vivimos en una dimensión simbólica. Nuestro lenguaje es el territorio en el que habitamos, o quizás sería más correcto decir que el lenguaje habita en nosotros, en nuestros cuerpos.

Pero nuestro lenguaje es peculiar. A diferencia del resto de lenguajes animales en el nuestro no hay una equivalencia exacta entre el significante y el significado. El lenguaje que nos habita es peculiar. La incomunicación, por tanto, es inherente al ser humano. No podemos hablar y entendernos perfectamente porque el lenguaje que nos habita no nos lo permite. El lenguaje humano no se presta a la comunicación exacta sino todo lo contrario.

En el reino animal cada signo posee un significado exacto. Cuando una abeja aterriza en la colmena y baila y zumba de determinada manera, no hay ninguna duda para los individuos con los que se comunica. Su lenguaje es inequívoco. El receptor del mensaje sabe exactamente lo que significa un signo, recibe la información sobre en qué dirección está el polen, a cuántos kilómetros. No cabe la posibilidad de que una abeja esté mintiendo o de que gaste una broma. Las abejas no pueden mentir, ni bromear porque su lenguaje no se lo permite. Es un tipo de lenguaje en el que a un signo le corresponde un único sentido. Así la interpretación es fácil, hay una equivalencia exacta entre signo y significado.

No ocurre así en el reino humano.  Ferdinand de Saussure, autor del “Curso de lingüística general”, definió la famosa diferencia entre significante y significado que todos conocemos. El significante es la parte sonora de la palabra y el significado es aquello que representa.  No hay una equivalencia exacta entre el significante y el significado porque entre ambos está el sujeto con su subjetividad, con sus entendederas, con su personalidad. Lo que el sujeto introduce en la comunicación es la subjetividad. El sujeto tiñe los significados de sí mismo. Da pie a metáforas y metonimias que pueden extenderse hasta el infinito.

Esto se lo pone difícil  al receptor, quien ha de interpretar lo que dice el otro. ¿Qué me ha querido decir mi madre? ¿A qué te refieres con eso?  ¿Me estás tomando el pelo? ¿Me engaña mi novia cuando dice eso? Estoy hablando en sentido figurado. Me refiero a esto otro. No, no me has entendido lo que quiero decir. Vamos a ver si nos entendemos, te lo diré con otras palabras. Me he expresado mal. Tú oyes lo que quieres oír. Me has entendido justo lo contrario de lo que quería decir. Así estamos a diario. A ver si me vas a malinterpretar. Haz un esfuerzo por entender lo que te digo.  A este no le entiende ni su madre.

A diferencia de los animales, el humano puede mentir, obviar, suponer, presuponer, matizar, exagerar, bromear, hablar en sentido figurado, denegar, metaforizar, etc.

Para comunicarse, las personas, hemos de interpretar, inevitablemente, lo que el otro dice. Y esta interpretación es, a su vez, subjetiva. Interpretamos desde nuestra subjetividad la subjetividad del otro. Solo hay versiones subjetivas. No hay versión de la realidad sin subjetividad. Por eso se dice que la realidad no existe, sino solo una interpretación, subjetiva, de ella. Tendremos, pues, tantas realidades como sujetos interpretadores.

 

La cura por la palabra

El psicoanálisis es una cura por la palabra. Prestar atención a la palabra de la persona que viene a consulta no es poca cosa.

En el reino de la neurosis el sujeto se queja de insatisfacción en sus relaciones con los demás, a los que suele echar la culpa de su falta de dicha, directa o indirectamente. “No consigo un reconocimiento en el trabajo”, “no me quieren como yo necesito”, “mi pareja no me corresponde”, “mis padres no me entienden”, “mi jefe no me considera”, “no estoy suficientemente remunerado”, etc.

Lo que somos está hecho de palabras, de palabras que vienen de los demás, de palabras que nos han marcado desde el nacimiento. Frases, palabras, decires, nombres, símbolos con los que nos han nombrado los demás. El lenguaje nos viene del otro. Somos una mezcla de lenguaje y cuerpo.

Los síntomas psicológicos, pues, están tejidos de palabras, como lo está la vida. Y es solo con el uso de la palabra como se puede tocar el dibujo del tejido lingüístico que conforma el sufrimiento.

Las personas que vienen a consulta vienen a ser escuchadas sobre todo, a que alguien de fe de su versión de los hechos, a que alguien escuche bien lo que quieren decir sus palabras, a buscar verdades recónditas en sus comentarios íntimos. Vienen a escucharse las verdades que dicen cuando rebotan en el oído de un otro no contaminado de sí mismo.

Se espera del psicoanalista que aplique una escucha verdadera, que no esté taponada con su propia subjetividad, que no malinterprete, que no interprete, que calle, que solo sea escucha, escucha pura, que se zambulla en los significados subjetivos del paciente, dándole la oportunidad de ser un sujeto, único, cuyos síntomas son únicos, aunque compartan una carcasa parecida a la de otras personas. Los síntomas, los sueños, los deseos, tienen significados únicos para cada sujeto.

Reconocer a alguien como sujeto no es poca cosa. Es el comienzo de la posibilidad para curarse de su neurosis y dejar de padecer.

 

 

 

 

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