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¿Qué es el bovarismo?

Este término fue acuñado por el filósofo francés Jules de Gaultier y se inspira en Emma, la protagonista de la novela “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, quizás la heroína más insatisfecha de la historia de la literatura.

En efecto, Emma Bovary no era feliz en su matrimonio. Vivía ansiando otra vida, suspirando por saborear enérgicas pasiones, por recrearse en una vida sexual rica en amoríos con amantes mucho más interesantes que su marido, rodeada de lujo y aventuras. Así, se refugiaba en el ensueño, se evadía de la realidad con la certeza de que otro mundo era posible.

Eva Gonzalès, «Morning awakening»

Mario Vargas Llosa en su estudio “La orgía perpetua”, analiza magistralmente la obra de Flaubert y describe así a nuestro personaje: “Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir en sí esa profunda exigencia sensual que Charles no puede satisfacer porque ni sabe que existe, y quiere, además, rodear su vida de elementos superfluos y gratos, la elegancia, el refinamiento, materializar en objetos el apetito de belleza que han hecho brotar en ella su imaginación, su sensibilidad y sus lecturas. Emma quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la aventura y el riesgo, los gestos teatrales y magníficos de la generosidad y el sacrificio. La rebeldía de Emma nace de esta convicción, raíz de todos sus actos: no me resigno a mi suerte, la dudosa compensación del más allá no me importa, quiero que mi vida se realice plena y total, aquí y ahora.”

Emma Bovary es todo un referente en el campo de la psicología clínica. De hecho “bovarismo” es una palabra que se usa para designar este tipo de tendencia a la insatisfacción y el  gusto por la evasión de la realidad.

El bovarismo es una necesidad intensa de vivir otra vida, supuestamente mejor que la que se tiene. Acompaña una idealización de sí, de las demás personas y del mundo, así como un efecto de descontento con la vida cotidiana. Puede haber tendencia a negar la realidad, un afán perseverante por llevar a cabo la realización del deseo con todas sus consecuencias hasta conquistar los más altos ideales.

Bien es verdad que esta tendencia existe en muchas personas en mayor o menor intensidad. En la medida en que el deseo siempre está insatisfecho, por estructura, todo el mundo es un poco Madame Bovary. El mismo Flaubert, cuando creó a su personaje, se dijo: “Madame Bovary soy yo”.

En este sentido, Vargas Llosa añade que: “Hay sin duda una quimera en el corazón del destino ambicionado por Emma, sobre todo si se lo convierte en patrón colectivo, en proyecto humano. Ninguna sociedad podrá ofrecer a todos sus miembros una existencia semejante, y, de otra parte, es evidente, para que la vida en comunidad sea posible, que el hombre debe resignarse a embridar sus deseos, a limitar esa vocación de transgresión que Bataille llamaba el Mal. Pero Emma representa y defiende de modo ejemplar un lado de lo humano brutalmente negado por casi todas las religiones, filosofías e ideologías, y presentado por ellas como motivo de vergüenza para la especie. Su represión ha sido una causa de infelicidad tan extendida como la explotación económica, el sectarismo religioso o la sed de conquista entre los hombres.”

Asumir lo imposible del deseo es algo lamentable para un sujeto. Hay personas que parece que burlaran esa imposibilidad de realizar todos sus anhelos, como si quisieran no solo llevarlos a cabo contra viento y marea sino que además tratan de conducirlos a su máximo empuje, a la vivencia de la satisfacción en toda su plenitud, como si de orgasmos vitales estuviera hecha la vida. Esta actitud la vemos hoy a la orden del día, en una sociedad como la nuestra, muy diferente de la del siglo XIX en la que vivía Emma. Una sociedad, la actual, en la que no se estila ya aquella represión sino que, al contrario, hay una invitación, casi un imperativo, a traducir los deseos en actos, de vivir la libertad entendida casi literalmente como un derecho a la realización de todo deseo.

La actitud del «bovarista» le lleva a esperar de los demás también grandes cosas y, siendo personas con poca o ninguna tolerancia a la frustración, se encuentran, por tanto, continuamente, con personas que no cumplen con las expectativas, que no se acomodan nunca al objeto del deseo.

Tampoco encuentran en el otro, en general, a alguien con capacidad para apreciar las cualidades personales que cree portar. “Nadie me ama como merezco”, “no tengo nunca el reconocimiento de los demás”, “yo soy quien que da, pero no me dan lo mismo a cambio”, “necesito personas que estén a mi altura, con capacidad para distinguir quién soy, mis cualidades, mis atributos”. Esta personalidad es exigente, caprichosa  y difícil de complacer.

Rodolphe, el seductor que cautivará el corazón de Emma es perfectamente  consciente de la condición de su encandilada amante: «¿Acaso no sabe usted que hay algunas almas que viven en continuo tormento? Necesitan por turno del ensueño y de la actividad, de las más puras pasiones y de los placeres más arrebatados, y ésa es la razón por la cual se entregan a toda clase de caprichos y de locuras».

La deformación de la realidad es necesaria para sostener el goce. Es más fácil ensoñarla. Es desfigurada al antojo, forzando las percepciones para que se parezcan a las  representaciones imaginarias de las que se goza.

Cabe destacar la importancia que el sujeto le da a los ideales que afilan su ambición. En efecto, no renuncia fácilmente a sus aspiraciones y sus arduos esfuerzos suelen ir acompañados de los miedos y angustias relacionados con la posibilidad de no llegar a conquistar nunca lo que se anhela, o bien el pánico cotidiano de poder perder lo que se cree tener conquistado.

La angustia para estos sujetos sobreviene cuando se topan con el vacío que hay en el lugar del otro. Cuando la realidad se les muestra defectuosa, cuando perciben que el otro no cumple con su ideal, cuando los demás defraudan porque no dan la respuesta esperada.

Cuando perciben la vacuidad del otro que en realidad no porta las características necesarias para vivir la pasión surge la decepción, la ansiedad, la tristeza. Se trata del encuentro con lo imposible.

De la misma manera, el pánico embiste cuando se ven en un espejo y por un momento la mirada, siempre subjetiva, les traiciona y deja entrever la carencia de los atributos con los que se adornan fantásticamente.

Lo peligroso en estos sujetos es la alienación en el otro. Puede haber una necesidad de verse a través del otro, de obtener su aprobación continuamente, de vivir delante de un espejo sin descanso, necesitando deformar la imagen resultante para asegurarse, siempre imaginariamente, que el otro ve lo que uno quiere que vea. Mirarse a través de la mirada del otro forzando imaginariamente lo que el otro mira. Esta posición existencial es muy frágil y su rotura suele dar paso a la angustia.

Esta ubicación frente al otro impide también ver lo que el otro realmente da y percibir que en esa “incompletud” del otro suele reposar el amor. En la aceptación de esa falta fundamental reposa la capacidad de amar. Quizás es en este sentido que cobre cuerpo el famoso dicho de Jacques Lacan, y no menos misterioso: “amar es dar lo que no se tiene”.

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