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La otra mujer

En la clínica de mujeres constatamos con mucha frecuencia la existencia de un ideal ubicado en otra mujer que tendría la capacidad de encarnar el misterio femenino.

Aunque una mujer no sea capaz de alcanzar su propio ideal, sí que puede ser proyectado, sin embargo, en otra mujer, u otras, a quien se le atribuyen características, cualidades femeninas, conocimientos velados, acerca de cómo hay que ser para ser mujer, cómo debe de gozar una mujer y cómo se hace para gustar a un hombre y para hacerle gozar a él. Suelen portar estas capacidades imaginarias amigas, sobre todo aquellas que son idealizadas, hermanas, profesoras, mujeres famosas o de moda, actrices o cantantes, o las propias madres (si no son objeto de todo lo contrario, de rechazo, erigidas como prototipo justamente de lo que no hay que ser para ser mujer).

Vemos a veces a mujeres torturadas por los celos que les provocan estas mujeres idealizadas, o que sufren de la sensación de no ser nada, o de ser poca cosa, de no conseguir ser como les gustaría, de no conquistar lo que se proponen. Vienen hablando de baja autoestima, de inseguridad, desconfianza hacia su pareja, sentimientos de inferioridad, celos irracionales, reproches al partenaire que generan inestabilidad en la pareja, sentimientos de soledad, de incomprensión por parte de los demás, etc. A veces sentimientos de inexistencia, de desvanecimiento, de no ser o no poder ser.

También a veces tocan el tema de la homosexualidad, bien porque se sienten atraídas por esa mujer que encarna la esencia de la feminidad, atracción que puede ser una fuente de angustia, o bien porque mantienen relaciones con mujeres, aunque en realidad no sean lesbianas. Pueden autodefinirse como bisexuales, pero no encontrar una satisfacción en esta posición.

Otras veces, se manifiestan síntomas relacionados con la ausencia de orgasmos, o de placer en las relaciones, anhedonia, frigidez.

Escuchamos testimonios que aseguran necesitar una aprobación máxima o experimentar impulsos a la seducción de carácter compulsivo, necesidad de ser la mejor y destacar por encima de otras mujeres, por ejemplo en el mundo de la moda, los concursos de belleza corporal, mujeres artistas con vocación de divas. Mujeres que necesitan llamar la atención en el grupo social bien con el cuerpo, bien por algún otro rasgo como la inteligencia, el sentido del humor, un encanto personal, a riesgo de derrumbarse de no lograrlo, o de angustiarse.

Encontramos personalidades más o menos infantiles, con incapacidad de ser adultas, con dependencias a los padres, inseguridad en las relaciones de pareja y en las amistades con otras mujeres.

O angustia generalizada, estados depresivos varios, fobias, adicciones, víctimas de violencia machista, fibromialgia y todo tipo de manifestaciones corporales, dolores, malestar, cansancio…

En aquellas relaciones de pareja en las que la mujer no se siente comprendida por el hombre, le reprocha y le pide lo que este no puede darle, sumiéndole en una impotencia inevitable. Lo que le pide (inconscientemente) es una explicación de sí misma, que entienda lo que ella misma no entiende, algo acerca de su ser, de su feminidad, de su sexualidad. Que le hable de ella, que le diga cómo es, quién es, que la compare con otras, que le hable de otras mujeres, saliendo ella por supuesto bien parada de un concurso comparativo.

Pero también vemos a mujeres que aunque su vida sea estable y disfruten satisfactoriamente de su vida en pareja sientan peligrar su lugar cada vez que su partenaire mira a otra mujer. Viven con un miedo constante a perderlo todo, a que aparezca otra mujer mejor que ella y pueden experimentar estados de ansiedad más o menos normalizados, o incluso experimentar la amenaza de una pérdida de identidad cuando «la otra» irrumpe en su vida.

 

¿Por qué existe la otra mujer?

Si las mujeres necesitan ir a buscar el conocimiento de lo femenino a otro lugar es porque carecen de él. No lo tienen, no nacen con ello. No está en el cuerpo. Tampoco existe en la sociedad una definición precisa de la mujer, no hay una definición universal. Cada mujer ha de fabricarse su propia relación con la feminidad.

Así, eso que las mujeres no logran atrapar de lo femenino, lo que no logran asir ni nombrar, tratan de verlo (es una construcción mental) en otras mujeres. Es lo que el psicoanálisis representa mediante el concepto teórico de “la otra mujer”.

Muchas mujeres que sufren desconocen esta dimensión inconsciente de sí mismas.

En la neurosis el sujeto busca, inconscientemente, ese significante en los demás, en concreto en “la otra mujer”. Busca la feminidad en un rasgo, en un elemento o característica.

Hay mujeres que necesitan creerse portadoras de ese rasgo o que al menos existen mujeres que lo portan. Así se sienten seguras de su feminidad. Por ejemplo, un peinado, un maquillaje, una manera especial de mirar, de moverse, de hablar, una vocación, un gusto cultural o estético, etc, son rasgos que si bien forman parte del juego femenino, de la llamada «mascarada» femenina, no son la esencia del ser mujer.

Y cada vez que el hombre se fija en ese rasgo en otra mujer sobreviene la inseguridad, la ansiedad o la angustia. La duda de si otra mujer encarnará mejor esa “feminidad” siempre estará ahí, ya que está asentada en el gusto de él, un gusto masculino, por otra parte. Así, la mujer estaría mirando a las otras mujeres con ojos de hombre, estaría en una posición más masculina que femenina.

 

¿Qué es ser mujer?

Hemos visto que las mujeres se hacen la pregunta “¿qué es ser una mujer?” y al no disponer de un significante rellenan esta incógnita con lo que pueden. Un ideal de mujer surgiría entonces para rellenar ese hueco y serviría para responder a la pregunta ¿qué es ser mujer?

Buscan de niñas significantes en la madre, buscan de adolescentes en las amigas, idealizan a unas mujeres y desprecian a otras, se comparan, se admiran, se envidian, sufren celos de otras cuando están en pareja… Se identifican unas con otras a través de abalorios, ropas o maquillajes, a través de una mascarada. También se identifican a través de gestos, comportamientos, actitudes, objetos de consumo, gustos musicales y hasta les pueden gustar los mismos chicos. Un par de amigas pueden compartir un ideal femenino de manera inconsciente. A menudo se ven grupos de adolescentes que tienen, todas, un físico y una estética muy similares.

Pero la esencia del ser mujer no está en todos estos signos, no está en la mascarada, sino más bien en la manera de obtener satisfacción, en una manera de gozar. No se puede imponer ni sentenciar en qué consiste ser mujer ya que cada una debe inventar su propia feminidad. La mujer se hace, no nace, que diría Simone de Beauvoir. Y un psicoanálisis sirve para investigarlo y construir una posición femenina satisfactoria para cada una de las mujeres que lo trabajan.

 

La relación con un hombre

Buscan entonces las mujeres el enigma de su ser no solo en otras mujeres sino también en la mirada del hombre, del amigo o del padre en la infancia, cuando se está desarrollando su personalidad. ¿Qué le gusta a él? Buscan en el deseo del hombre, en sus gustos, en sus criterios, para saber conducirse, para saber cómo hay que ser, sintiéndose seguras cuando un hombre las elige, sobre todo si a este se le presuponen conocimientos sobre las mujeres. ¡Como si los hombres fueran a saber lo que es ser mujer!

Muchas, dicen sentirse solo atraídas por hombres mujeriegos, que tengan numerosas amigas, o amigas íntimas, o que hayan tenido en el pasado una gran experiencia con mujeres. No pueden sentir excitación sexual, ni encontrar placer en las relaciones sin esta condición. Le atribuyen a su partenaire un saber acerca de lo que es una mujer, de saberla reconocer, de saber hacerla gozar sexualmente, de saberla tratar, enamorar, amar. Como si a mayor experiencia con mujeres hubiera una mayor capacidad de amarlas. Nada más lejos. Suelen ser víctimas con el paso del tiempo de la incapacidad innata del don Juan para permanecer al lado de una mujer y amarla, experimentando infidelidades continuas y celos martirizantes. A pesar de esto hay mujeres que van de don Juan en don Juan, como si fueran presas de un destino fatal (su inconsciente). Detrás de esos hombres lo que hay es “otra mujer”.

La atracción por un hombre, a menudo, es debida a una relación anterior de este con una mujer portadora de aquellas características que figuran en su ideal de mujer. “La otra mujer” habita en el deseo que se le presupone a un hombre, pues. Basta que un hombre mire con cierto brillo en la mirada a la amiga para que algunas mujeres se sientan irremediablemente atraídas por él.

Suelen escoger a hombres a los que no les gusta la mujer real y la fetichizan de alguna manera, es decir que les atribuyen alguna característica, un elemento, que si lo portan son dignas de admiración, deseo, o incluso amor.

 

La serie de mujeres

Quieren muchas mujeres que su partenaire masculino tenga una “idea” de la feminidad, que ubique discursos en su ser de mujer. Pueden llegar a reafirmarse en que él sabe muy bien lo que es una mujer y se emparejarán con este cuando se fije en ella después de haberse fijado en otras, lo que la ayudará a fantasear que encarna en cierto modo su ideal de mujer, en contraposición a las demás.

Puesto que él me desea, será por algo. Algo tendré yo que suscite su deseo. Esta es una lógica de pensamiento masculina: tener “algo”. Mientras una mujer permanezca en la “ética del tener” algo de ella permanece fuera de la feminidad. Lo femenino tiene más que ver con el no tener y la esencia de la feminidad se caracteriza por saber hacer algo con lo que no se tiene.

A menudo reconocen que en los comienzos de la relación se sintieron seducidas por su pareja al ser “la elegida” entre dos o más mujeres. La satisfacción de ser la elegida de entre una serie de mujeres. Y esta elección abre la posibilidad de una relación. ¡Cuántas relaciones de pareja se sostienen en el tiempo porque inicialmente él dejó a otra mujer por ella!

Esto es lo que descubren muchas mujeres en sus análisis. Y confiesan también que no pueden prescindir de esto, de esta posición, de este goce. Lo malo es que con el tiempo “la elegida” no se siente segura en su puesto y se siente amenazada por esa misma serie de mujeres de la que dependió en un principio para poder gozar de un hombre.

 

La angustia de lo femenino

Quizás, en el fondo, muchas mujeres se sientan mejor ahí, en la fantasía de tener algo, manteniendo lo femenino al recaudo, a pesar de los síntomas que esta posición les obliga a fabricarse para poder estar en el mundo. Y es que lo femenino angustia a todo el mundo, tanto a hombres como a mujeres. Esa ausencia de significante, esa nada, es angustiante. Un goce verdaderamente femenino puede angustiar a las mujeres y se protegen de ello, naturalmente.

Mediante el psicoanálisis pueden lograr estabilizar su ser de mujer sin necesidad de rivalizar con otras, sin sentirse amenazadas por la existencia de otras mujeres.  Una mujer puede lograr ser la única para un hombre, sentirse amada y deseada por ese hombre. Pero para ello debe encontrar a uno que sea capaz de conjugar el amor y el deseo sexual, depositar ambas dimensiones en una sola mujer.

Se puede encontrar, trabajar, fabricar, un modo singular de vivir la feminidad, sin empeñarse en encarnar la “verdadera” feminidad.

Por lo tanto, no  se trata de colmar el vacío, sino de dejarlo precisamente vacío.

El camino propuesto por el análisis será el de realizarse como mujer en el no tener, no esconder la falta, no llenar el vacío. Tener la valentía de vivir con un hueco del que se puede hacer uso para vivir de manera muy satisfactoria a todos los niveles: sentimental, laboral, como madres, como amigas.

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