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Una sociedad que fomenta la depresión

El fenómeno de “la depresión” no cesa de insistir en nuestros días. Se ha establecido ampliamente en el discurso común así como en los medios de comunicación y parece incluso que exista un vínculo entre la época contemporánea y lo que llamamos depresión.

La Organización Mundial de la Salud, la O.M.S., constata que el problema de la depresión está adquiriendo la dimensión de una epidemia y nos informa de que en el mundo hay unos 350 millones de personas deprimidas.

Vamos a analizar qué características de nuestra sociedad pueden tener que ver con el auge masivo de este malestar.

 

EL IMPERATIVO DE  GOZAR

Los grandes cambios sociales, económicos, tecnológicos y morales experimentados a lo largo del siglo XX han venido a agujerear aquellos ideales que tradicionalmente habían regulado los modos de satisfacción.

Las antiguas prohibiciones tenían la función de impedir que las personas se acercaran demasiado a la realización de sus pulsiones, que dieran en excesos, en colmos. Había que conformarse con un goce vivido a medias, como por otra parte no puede ser de otro modo ya que, por definición y dada la naturaleza de nuestro psiquismo, el goce es siempre imperfecto, insuficiente e inadecuado.

A cambio del sacrificio, el sujeto, obligado a dejar sus pasiones a medias de satisfacer, disfrutaba de la vida instalándose en ella con un apetito siempre dispuesto, nunca saturado, que le ponía a trabajar activamente en busca de nuevas satisfacciones con la garantía de que nunca las realizaría del todo.

Si el deseo está insatisfecho, permanece vivo. Las leyes, simbólicas, son el garante del deseo. Los límites a las pulsiones permiten pues mantener el deseo despierto y sostener al sujeto lejos de la desidia, la falta de ganas de hacer cosas y de vivir.

Muy lejos de aquellas maneras, hoy en día, las prohibiciones están, en general, mal consideradas, al menos aquellas de antaño que llegaban a coartar libertades tal y como son entendidas hoy en día. Y la insatisfacción también está mal vista, no se puede hablar de ella y se ha convertido en un tabú. Los sujetos se esfuerzan en, al menos, aparentar que gozan y que son felices en las pantallas que encendemos a diario, escaparates de una bienaventuranza ficticia, y que nos conectan solo virtualmente, desconectándonos cada vez más de los encuentros reales, mucho más arriesgados y comprometedores.

adolescencia-psicologíaActualmente parece no sólo que la sociedad se haya relajado en cuanto a limitaciones, sino que el gozar mismo se haya convertido en una obligación. Vivimos bajo el imperativo del “goza más y mejor”. Un imperativo que las personas no logran cumplir. Existe un empuje a satisfacer nuestras pulsiones sin control alguno. Esa tendencia al goce absoluto, característica de la sociedad contemporánea, produce, por tanto, espíritus insaciables, compulsivos, y frustrados por no “dar la talla”. Uno se puede llegar a sentir inferior o inadaptado o inútil cuando se da cuenta de que no cumple con estas expectativas que la sociedad impone.

Antes estaba el imperativo de los límites, hoy el imperativo del gozar.

Hoy se trata de vivir satisfacciones colmadas, antes cercenadas, antes aplazadas en el tiempo, hoy bajo el signo de la  inmediatez, antes mal vistas, hoy obligatorias.

Se trata del «a toda costa y a cualquier precio», bajo riesgo de no ser aceptado socialmente, por ejemplo entre adolescentes. El gran incremento del consumo de alcohol, drogas y de conductas desafiantes y de riesgo como el “balconning”, o la conducción temeraria, el auge del “mobbing”, de la violencia y el acoso, en las que parece tan fácil franquear el umbral que delimita la libertad del otro, dan cuenta cada vez más de la ausencia de límites en los modos de obtención del goce y de la ausencia de regulación del mismo. Los casos de exhibición de vídeos en las redes de estos ejemplos se multiplican cada día para goce de millones de espectadores.

Pese a esta apariencia de libertad, sin embargo, se constata en la clínica, que las personas que se animan a gozar más de la cuenta, a la larga, lo acaban pagando caro.

 

EL IMPERATIVO DE FELICIDAD

Ser feliz también ha pasado a ser un deber, una obligación. Además el concepto de felicidad está ligado a la satisfacción de las pulsiones, a la vivencia de placeres, al consumo de los objetos que dicta el mercado. Cuando todos sabemos que la felicidad no corre necesariamente por ese campo. La felicidad es otra cosa.

A pesar de ello, la sociedad hará sentir culpable a aquel que no se rige por estos modos de ser “feliz”. Si uno no consigue divertirse tanto puede llegar a ser rechazado por el grupo y convertirse precisamente en un infeliz por ello. Los sentimientos de fracaso son a veces el preámbulo de la depresión. La tristeza y la desgana convierten a quien lo padece en blanco del rechazo social con lo cual se entra en un bucle del cual es muy difícil salir. La falta de apoyos personales adecuados (de relaciones reales basadas en el amor) para salir de ahí y la pobreza de los recursos disponibles en la sociedad es tal (cuánta gente comenta con satisfacción que se ha apuntado al gimnasio porque está baja de ánimo) que al deprimido se le estrechan los caminos acabando casi siempre en la consulta de un médico que le dará una pastilla para no sentir.

 

EL IMPERATIVO CONSUMISTA

Ir de compras es la gran «terapia» relajante de muchas personas.

El neoliberalismo ha hecho equivalente el objeto de nuestro deseo al objeto de consumo. Ese es su gran triunfo. El “oscuro objeto del deseo” (si se me permite el guiño buñuelesco) por naturaleza es incógnito, es innombrable, único para cada quién y de todos modos está ya perdido de antemano. Freud descubrió que buscamos siempre, inconscientemente, un objeto que perdimos tiempo atrás. Lo que buscamos es un reencuentro con él. El objeto de consumo vendría pues a rellenar esa pérdida. El objeto de consumo boicotea pues la búsqueda de nuestro objeto subjetivo, único para cada uno de nosotros. Se nos propone comprar cosas para satisfacernos, para todos igual, para realizarnos, para forjarnos una identidad, para ser felices. Así lo ofrece la publicidad.

La naturaleza del deseo humano es la de buscar un objeto que no existe más que en nuestra subjetividad inconsciente. Al estar perdido de antemano el deseo está garantizado ya que se mantiene siempre insatisfecho a la caza de nuevos objetos que se sustituyen y suceden unos a otros en una cadena metonímica infinita. En poderse sostener en este equilibrio radica la salud psíquica.

sociedad-consumoEl arte de vivir consiste en mantener este deseo despierto, alimentado con pequeñas satisfacciones, pero nunca saturado del todo. Esto nos protege de la depresión, la angustia o la ansiedad. Y el buen objeto de satisfacción ha de encontrarse en las personas, en las relaciones sociales, de amistad, amorosas, laborales, ideales, culturales, etc. Causas que nos ligan al otro, a los demás. Relaciones que están protegidas por leyes y límites que las dan significado y cierta seguridad para poder vivirlas.

 El impulso socioeconómico al servicio de los bienes de consumo implica el rechazo de todo lo que concierne a la relación del ser humano con el deseo. Esta es una de las grandes marcas de nuestro tiempo que tiene que ver con el auge de la depresión.

La sociedad moderna nos vende la ilusión de que los objetos del mercado van a colmar nuestra falta. Se nos propone que busquemos la satisfacción en la compra de tal o cual objeto, que nos sintamos completos con cosas, que llenemos nuestra falta con ellas. La contrapartida está en que la glorificación de los objetos del mercado colocados en el pedestal social va en detrimento de la calidad y la cantidad de los lazos sociales. ​No se nos propone la búsqueda del colmado de nuestra falta a base de relaciones humanas. No está de moda el amor.

La relación con el otro está perturbada y eso las personas deprimidas lo experimentan con especial violencia. Un fuerte sentimiento de soledad es la consecuencia, que comporta un desinterés por los demás y por lo que digan, así como tampoco encuentra el deprimido nada interesante que decir.

Ello desemboca en una desvalorización de la palabra.

Además, los sujetos, consumidores de objetos, saldan su deuda con el deseo convirtiéndose en un objeto más. Sí, el sistema les consume como a objetos ya que no es que compren porque quieran esto o lo de más allá, sino que obedecen ciegamente a un imperativo, compran lo que se les manda, lo cual los convierte a su vez en objetos, pasan de ser consumidores a ser consumidos. El sistema les ha robado el deseo.

El bucle trabajar-consumir-dormir-trabajar es también motivo de queja frecuentemente hallado en el discurso de los deprimidos.

El tiempo de ocio viene también determinado por el consumo, parece que si no se ha consumido algo no se lo ha pasado uno bien. Véase el éxito de los grandes centros comerciales convertidos en centros de ocio a los que familias enteras acuden los fines de semana a “pasárselo bien”.

 

EL IMPERATIVO DEL PODER FARMACÉUTICO

 Hoy en día se denomina “depresión” a la imposibilidad de sostener el imperativo de felicidad que se exige. Y la manera de tratar profesionalmente esta infelicidad suele optar por la vía química. A las personas que se quejan de infelicidad la medicina, (buena parte de la psiquiatría pero no toda) las suele “patologizar” y se las silencia metiéndoles una pastilla en la boca. No se estila el escuchar esa queja que suele repugnar incluso a muchos profesionales de la salud mental que prefieren ignorar, (seguramente por causas personales, porque también ellos están tocados por esos imperativos), la relación del sujeto con su deseo.

Se venden más antidepresivos que nunca. El mercado farmacéutico, en general, supera las ganancias por ventas de armas o las telecomunicaciones. Por cada dólar invertido en fabricar un medicamento se obtienen mil dólares de ganancias. Y la depresión supone para la industria farmacéutica unas rentas multimillonarias.

Realizan una gran labor propagandística de los medicamentos que fabrican, aunque no sean demasiado útiles. Se han esmerado en las últimas décadas en convertir los problemas personales y sociales en trastornos de salud diagnosticables y con necesidad de tratamiento, por ejemplo, convertir la timidez en fobia social. Las multinacionales farmacéuticas patrocinan los estudios en investigación, la formación de los profesionales, los análisis estadísticos, los congresos, las publicaciones científicas, en definitiva tienen un gran poder de divulgación y de manipulación de la información así como influencia en la formación de nuevos profesionales que van a creer en la nobleza de las sustancias psicotrópicas como instrumentos válidos, infalibles y únicos para el tratamiento del sufrimiento humano, aunque no haya evidencia científica plausible .

Hasta hace poco era muy habitual que las grandes empresas farmacéuticas pagasen sobornos a los médicos para que recetasen sus medicamentos, práctica ilegal en muchos sitios. Actualmente se han incrementado los controles sobre los médicos, con lo cual los laboratorios han tenido que desarrollar otras estrategias como organizar congresos o reunirse con asociaciones de enfermos para buscar su apoyo y que sean estas las que hablen a la opinión pública y a los gobernantes para ser escuchados y conseguir financiación de medicamentos cuya necesidad no está justificada e incluso algunos tengan efectos secundarios graves.

La industria farmacéutica ha convertido la enfermedad en un negocio. Ha sabido transformar los problemas de la gente en patologías, promoviendo la difusión de diferentes trastornos con la intención de comercializar nuevos productos.

Además promueven en la sociedad la falsa creencia de que existen avances de la medicina y de la psicofarmacología  que garantizan soluciones técnicas a los problemas de la vida.

Este negocio ha logrado que se sobrediagnostique la depresión.

 

¿QUÉ HACE EL PSICOANÁLISIS CON EL SUJETO DEPRESIVO?

Para empezar el psicoanálisis no considera la depresión como una enfermedad en sí misma. Es más bien el síntoma de otra afección llamada neurosis. También hay depresión en la psicosis y se la suele denominar melancolía.

Sin patologizar a nadie el deprimido es principalmente alguien que ha acabado renunciando al deseo. Su afecto depresivo tiene que ver con su historia, con los significantes que le han marcado a lo largo de su vida. Y se tratará de producir una rectificación subjetiva en él que le posibilite la revitalización de su deseo. Para ello ha de hacerse cargo de sus elecciones y de sus producciones sintomáticas, hacerse cargo de sí mismo.

El psicoanálisis ofrece un lugar en el que el sujeto puede mostrar su sufrimiento con libertad. Aquí no está mal visto hablar del malestar ni nadie le va a juzgar de pesimista ni se van a designar sus pensamientos como “negativos”, cosa frecuente en determinadas terapias que obedecen a los imperativos sociales antes mencionados, las terapias cognitivo-conductuales. Tampoco se va a promover la felicidad como objetivo terapéutico; el depresivo no tiene ganas de ser feliz, está hasta el moño de que le induzcan a ser feliz. Tiene razones para deprimirse y estas van a ser escuchadas.

El psicoanálisis rescata a los sujetos. Otras terapias quizás promuevan la adaptación social, psicoeducando al sujeto para que consiga engancharse a esos modos prefabricados de ser feliz, obturando el deseo particular de ese sujeto, psicoterapias generalmente apoyadas en la medicación que acaba por cronificar a los supuestos enfermos convirtiéndolos en adictos a los antidepresivos y a los ansiolíticos.

Sin embargo estos modos de tratamiento están muy aceptados por pacientes y especialistas. Estos profesionales usan bajo estas condiciones el significante “depresión” que acaba funcionando como una defensa propia ante la dificultad técnica y personal de trabajar con el saber y el deseo del paciente. Los pacientes, por su parte, y también sus familias se acogen con presteza a estos modos de tratamiento y a las teorías neurobiológicas, pseudocientíficas, que los sustentan para encontrar una explicación no solo rápida y fácil sino también y sobre todo que les quite toda responsabilidad personal acerca del padecimiento que los afecta. Es más fácil decirse “tengo un trastorno depresivo mayor” que “soy un sujeto que ha renunciado a su deseo”, “soy un inadaptado” o “tengo miedo de vivir”, por ejemplo, o pensar “estoy mal porque tengo un desarreglo bioquímico en el cerebro, por lo cual me tengo que tomar estas pastillas” en vez de “no sé por qué estoy mal”, o “creo que me encuentro mal porque no me atrevo a conducirme en orden a mi propio deseo, porque de todos modos lo ignoro”, o “voy a hacer terapia, aunque cueste, para reencontrar mi camino”. Es propio de la época la renuncia al saber sobre el inconsciente, la cobardía de saber algo sobre la causa del propio deseo.

La ética del psicoanálisis para tratar el sufrimiento humano es la del saber. Saber acerca de uno mismo, saber acerca de los propios deseos inconscientes y de los modos de goce personales. Esto sí que cura. La solución siempre está en uno mismo y no fuera.

La depresión es algo distinto para cada quién. No hay dos deprimidos iguales. La depresión no es una. No existe “la depresión”, ya que para cada quién este afecto está caracterizado no sólo por síntomas diferentes sino que sus causas íntimas, precisas, su razón de ser, son también diferentes para cada persona, si bien todos pueden estar bañados por una sensación de tristeza o de desinterés por el mundo.

Con el psicoanálisis uno puede interrogarse acerca de su propio goce. Su goce no va a tener un tratamiento moral sino que se va a rescatar la palabra del sujeto en la medida que da cuenta de una posición subjetiva. Es la cura por la palabra. Se acaba expresando aquello que bloquea al deseo. Es la ética del deseo.

El sujeto, entonces, podrá pasar del lamento a la pregunta sobre la causa y sobre sus satisfacciones inconscientes, lo que siempre provoca una atenuación de la aflicción y conduce hacia un trabajo en busca del renacimiento del deseo. Al menos el deseo de ponerse en marcha y trabajar en su propio análisis.

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