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Mecanismos de defensa

Los llamados mecanismos de defensa son dinámicas habituales que utilizamos para protegernos de afectos angustiantes. Sirven para darnos seguridad y ahorrar en displacer.

Estas medidas defensivas dan cuenta de las luchas que mantiene el “yo” consciente contra ideas y afectos dolorosos e insoportables.

Puede tratarse de una defensa contra sentimientos:

  • de tipo agresivo como cólera, rabia, odio, envidia, rivalidad, resentimiento, desafío, hostilidad, antipatía, inquina, desapego…
  • de tipo sexual o amoroso, celos, insatisfacción, dolor, frustración, nostalgia, una atracción homosexual, un deseo hacia una persona “prohibida”, sadismo, masoquismo, experimentación de placer ante algo considerado inmoral…

Algunos mecanismos de defensa básicos, muy comunes, son:

  • la represión
  • la negación
  • la idealización
  • la racionalización

Esta distorsión de los propios sentimientos sirve también para mantener una imagen propia mejorada lo cual nos permita vivir más a gusto con nosotros mismos. Esta forma de autoengaño genera puntos ciegos en la identidad personal.

Con los mecanismos de defensa nos protegemos de angustias de origen tanto interno como externo y puede tratarse de cualquier tipo de sentimiento personal que nos resulte intolerable y que no nos guste reconocer, por diferentes motivos. Bien porque no lo consideramos moralmente aceptable, bien porque su intensidad nos desborde, bien porque no encaja con la idea que tenemos de nosotros mismos ni con el ideal de persona al que tendemos y aspiramos a conquistar. De origen externo puede ser cualquier conducta o afecto ajeno que nos desazone, nos descoloque o nos resulte incómodo por el efecto que produce en nosotros. Esto, en lo que repercute es en un afecto interno, en definitiva. Con lo cual, ciertamente, siempre nos estamos defendiendo de nuestros propios sentimientos.

Por lo tanto los mecanismos de defensa son usados de manera inconsciente por las personas y sirven para mantener relegados fuera de la consciencia lo que no nos interesa ver de nosotros mismos. Sirven para creernos mejores de lo que somos en realidad, para adornarnos, para engañar a la percepción que adquirimos frente a un espejo, para mejorar nuestra imagen ante nuestros propios ojos, para limpiar nuestra conciencia, para creer que nos parecemos a nuestro ideal. Y la razón fundamental: un mecanismo de defensa sirve para no angustiarnos.

Sin embargo, esta “mejoría” no es verdadera. Los mecanismos de defensa no consiguen hacer desaparecer las representaciones mentales indeseables. Lo único que logran es engañar a la conciencia, la cual se relaja por un tiempo determinado. Sí puede lograr apaciguar la angustia por lo que hace que las personas recurran a ellos continuamente. Y esto es normal y forma parte de las dinámicas psíquicas habituales. Nos ayudan a sostener el día a día.

Pero si estos mecanismos de defensa son demasiado usados o de manera muy intensa, si hay un desajuste demasiado amplio entre lo que uno es y lo que uno se cree que es, si es demasiado exagerado la intolerancia a los propios sentimientos y se reprimen o niegan de manera profusa los pensamientos, entonces puede que estos mecanismos de defensa se conviertan en fuente de un nuevo displacer porque los síntomas que provoquen sean demasiado incómodos.

 

UN EJEMPLO

Un empleado experimenta sentimientos de odio hacia su jefe y los reprime en pro de un buen funcionamiento en la oficina, porque teme enfrentamientos con él y en última instancia perder su puesto de trabajo. Aleja este pensamiento de la conciencia (mecanismo de defensa: represión) y procura transformar el odio en simpatía (mecanismo de defensa: transformación en su contrario). Puede experimentar un alivio primario pero a la larga generar dinámicas de sometimiento al jefe, una necesidad excesiva de caerle bien, de lucha constante para que no se noten sus sentimientos de odio hacia él. Puede convertirse en una persona excesivamente servicial y simpática. Resultaría ser un pelota cara a los demás colegas de plantilla, lo cual sería un nuevo problema porque deviene objeto de odio y debe emplear nuevas energías en neutralizar este nuevo odio proveniente del exterior para lo cual pondría en marcha otro mecanismo de defensa como es la idealización: imaginar que los compañeros son mejores de lo que son y que tienen mejores sentimientos hacia mí, “todo el mundo es bueno” o a racionalizar “esto me lo ha dicho porque me quiere gastar una broma”, reprimiendo la idea de odio original. Empezaría, lógicamente, a estar sometido a un fuerte estrés laboral debido a la represión del odio hacia su jefe y a la neutralización del odio en general tanto del que proviene de su interior como el procedente del exterior (otras personas). Pueden aparecer síntomas como los autoreproches, la generación de una actitud pusilánime que esté pidiendo perdón ante cada pequeña falta. Podría desarrollar un carácter apocado y servicial que pretendiera dar gusto a todo el mundo. Intentaría generar en los demás (y ante sí mismo) una imagen de buena persona, impoluta e irreprochable cuando en realidad lo que alberga en su interior es un odio primitivo reprimido y transformado en otra cosa. Toleraría burlas ajenas y abusos de manera incomprensible (vividos inconscientemente como castigos merecidos que aliviarían su culpa por odiar). De ahí a sentirse deprimido, estresado y sin fuerzas hay un paso. Incluso podría dejar de encontrarle sentido a la vida.

El cuadro patológico consecuente solo es incomprensible en apariencia. La explicación del odio original reprimido y la transformación en su contrario darían cuenta de la dinámica en la que está metido nuestro sujeto. No hay en su conciencia ningún rastro de aquel odio. Y nadie diría a su alrededor que fuera una persona que se caracterice por su capacidad para odiar. Es a ojos vista una excelente persona.

Los contenidos psíquicos (sentimientos, emociones) reprimidos no han desaparecido. Sólo han desaparecido las ideas de la conciencia, las representaciones mentales. Ni la represión, ni ningún otro mecanismo de defensa logran eliminarlos. Permanecen relegados en otro plano de la conciencia, en tensión, de manera similar al agua contenida en una presa.

El sujeto emplea mucha energía en contenerlos fuera de su conciencia, cada día y cada noche de su vida lo está reprimiendo, lo está transformando en otra cosa. Porque no es algo que se haga de una vez y para siempre sino que requiere de una actualización constante. Hay que emplear energía constante en contener ese material psíquico. Los mecanismos de defensa están siempre activos.

La terapia psicoanalítica pone en acción una dinámica que le permite a un sujeto saber algo más de sí mismo. Algo que no sean las meras apariencias. El sujeto de nuestro ejemplo quizás lograría acceder a ideas originalmente reprimidas, en este caso el odio. Si bien este ejemplo está simplificado y un poco caricaturizado, la realidad es más compleja. Pero si el sujeto vence sus resistencias y se enfrenta a esos sentimientos encontrados con el jefe, los habla, los elabora con ayuda de un terapeuta, seguramente abandonaría esa posición frente a los demás que le somete a un estrés ingobernable.

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