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Mecanismos de defensa (II): Idealización

La idealización es un mecanismo de defensa que consiste en deformar algo adornándolo para que no haga sufrir. Se sustituye por una idea más conveniente, inspirada por un ideal de perfección.

A menudo la realidad no nos conviene, nos lastima, nos hace vulnerables, incluso nos angustia. Se trata entonces de transfigurar la realidad para que parezca mejor, o sea más soportable y también controlable.

Idealizar es muy fácil. Todos lo hemos hecho alguna vez. Es un método práctico, útil, sencillo y eficaz con el que las personas abordan la realidad  y no implica necesariamente una patología. Como siempre, la patología depende de la intensidad y de la frecuencia con que demos uso a los diferentes mecanismos psíquicos.

Los mecanismos de defensa tienen siempre como objetivo neutralizar la angustia. Esa es su función. Otorgan al sujeto una sensación de control de los sentimientos, ideas y percepciones y son comúnmente utilizados en la vida cotidiana. Se ponen en marcha, de manera inconsciente (al menos parcialmente). El sujeto no percibe que esté deformando la realidad ni resguardándose de ninguna angustia. Los mecanismos de defensa tienen la peculiaridad de integrarse en el funcionamiento psíquico del sujeto discretamente, sin producción de conciencia alguna, formando parte de los hábitos perceptivos de las personas quienes identifican con toda naturalidad el material psíquico resultante con la realidad. Realmente lo creen así.

Efectivamente, mediante el mecanismo de la idealización el sujeto ornamenta a su objeto, que puede ser una persona, o el propio yo, un concepto, o un lugar,  o cualquier objeto del conocimiento. Se le achacan atributos especiales, dones, características que le acercan a la perfección o que directamente la encarnan. Del mismo modo se elimina del campo cualquier defecto que estorbe en la fabricación de la idea perfecta.

 

Idealización infantil

Un ejemplo. Es natural que el niño pequeño idealice a sus padres. Papá es el mejor, o el más grande, y mamá la mejor, la más guapa, nuestra casa es la más bonita y el coche de los padres el más veloz, etc.

Las peculiaridades molestas los padres son negadas, a la par que son revestidos de hermosura, bondad, amor, invulnerabilidad, poderes mágicos, capacidad omnipotente de protección y de resolución de problemas, etc.

La idealización de la infancia se mantiene, en cierto modo, a lo largo de la vida adulta. Por ejemplo, los ideales adquiridos en la infancia y que van a durar toda la vida o la capacidad para enamorarse idealizando al partenaire.

En la vida adulta, las personas que se declaran fans de algo o alguien, se construyen seres imaginarios a quien poder idolatrar. Por ejemplo, idealizan a cantantes de moda, famosos, influencers, políticos y así se aseguran de que algo ideal existe, que trasciende la monotonía de su vida cotidiana.

Este mecanismo está ligado al narcisismo de la persona que idealiza. Y a menudo el sujeto que idealiza se identifica con el objeto magnificado. Este mecanismo le puede servir al sujeto para poder construirse una identidad cercana a la perfección que ansía y limar lo que considera defectos en sí mismo.

La idealización en la temprana infancia contribuye a la creación y al florecimiento de las instancias llamadas ideales de la persona. El Ideal del yo, que es ese ideal de perfección al que uno tiende y que no conquista nunca. Y el Yo ideal que es esa imagen especular que se forja en la primera infancia que le devuelve al niño una imagen perfeccionada y omnipotente.

A lo largo de su desarrollo el niño abandonará progresivamente parte del ideal narcisista pero en su fuero interno no cesará de ansiar el retorno a aquello.

 

Idealización de la infancia

A menudo ocurre que recordamos solo las cosas buenas de la infancia e incluso la magnificamos. Todo lo antiguo fue mejor. Qué felices éramos, la sociedad era mejor, los modos de funcionamiento, la educación, los juguetes, las canciones, las meriendas.

A veces se recuerda algún objeto con nostalgia inmensa. Aquello, una vez perdido, queda investido con las mejores galas.

 

Idealización de los muertos

Igualmente ocurre con las personas fallecidas. Solo hay buenas palabras para ellas. Se tienden a recordar las virtudes y a borrar lo indigno. Se puede llegar a enaltecer y a ponderar a un muerto como nunca antes se había hablado de él así en vida. Paradojas de la cultura.

 

Enamoramiento

Otro ejemplo, en el proceso de enamoramiento, siempre hay una idealización del objeto amado. No se ven los defectos del ser amado, solo sus bondades y éstas realzadas considerablemente.

En el contexto de la relación de pareja suele ocurrir que cuando la atracción inicial implicó una fuerte idealización del partenaire, la decepción sea el siguiente paso, ya que la convivencia, la experiencia, hará que la realidad no sea capaz de sostener los imaginarios de la idealización y caigan por su propio peso. Fuertes decepciones, desencantos y consecuentes reproches suelen sobrevenir. A veces depresión, si el duelo del ideal se atasca.

Esta idealización es corriente en personas con fuertes ideales, exigentes, que contrastan con la percepción que tienen de sí mismos, inadecuada, que no da la talla. Cuando encuentran a alguien que representa de algún modo su ideal, pueden quedar fuertemente apegados, muy dependientes, se pueden identificar con su partenaire, cuyas cualidades están sobreestimadas, y así neutralizar la propia inseguridad y satisfacer las exigencias de su ideal. Estas son relaciones de fuerte dependencia emocional que cuando se rompen dejan al sujeto en la penuria y el desamparo.

 

Desidealización

Cuando la realidad se impone y el sujeto ya no puede seguir depositando sus ideales en un objeto puede tomar tierra y pasar a retirarle todas las virtudes y cualidades superiores de las que disfrutaba.

Y si el golpe ha sido duro puede llevar al objeto hasta el rencor y el desprecio. No sólo ya no es magnífico sino que ahora es despreciable con la misma intensidad con que antes era admirado.

También puede pasar a reprocharle el no ser como quería que fuera. Esto es típico en la adolescencia. Cuando a determinada edad ya no se sostiene la antigua admiración infantil hacia los padres, el adolescente puede pasar un tiempo lanzando reproches a los padres, engrandeciendo sus defectos y escupiéndoselos a la cara, sufriendo que no sean tan maravillosos y buscándose la vida para realizar el duelo, fragmentario, de sus ideales. Más tarde, cuando se conquista algo más de madurez, se aceptan esos “defectos” de los padres que en realidad simplemente habían sido personas de carne y hueso, con sus luces y sus sombras, investidas por la tendencia a la idealización de un niño.

El fanatismo típico hacia un personaje de moda, un cantante, o modelo, o youtuber, da cuenta de este desencanto con los padres y la sustitución de un ídolo por otro condesciende  a la necesidad de seguir idealizando.

 

Idealización negativa

Normalmente el concepto de idealización se asocia con la mejora del objeto, como acabamos de ver. Pero también podemos llamar  “idealización” a la fabricación de una idea negativa. Del mismo modo es una consecuencia de una comparación con el Ideal, solo que esta vez solo se encuentran grandes distancias con respecto a la perfección y solo se perciben cúmulos de desperfectos. Se focaliza en los defectos, los exagera o incluso los inventa. También sirve para calmar la angustia.

Este mecanismo, la idealización, tanto positiva como negativa, en definitiva consiste en sustituir una idea por otra y permanecer en el mundo de las Ideas. Funciona en el campo de lo Imaginario. Esgrime la realidad mediante un trabajo imaginario que aporta un bienestar, al menos temporal, y una sensación de control de la situación. Así, un sujeto puede tranquilizarse al experimentar que con su mente puede construir la realidad.

 

Idealización neurótica

La idealización es algo muy común y todo el mundo lo ha puesto en marcha alguna vez. Pero también lo vemos formar parte de cuadros clínicos patológicos, a veces graves, aliados siempre con otros mecanismos complejos.

Por ejemplo, en el caso de los estados depresivos en los que se ha observado una agresividad inconsciente hacia el objeto de amor. Los malos sentimientos hacia el objeto amado (por ejemplo hacia la madre) son generadores de sentimientos de culpa. Esta culpa está en la base de la depresión.

Neutralizar o suavizar los sentimientos de odio le sirve al sujeto sobre todo para suavizar el sentimiento de culpa. (Engañar más bien, ya que cuanto más intenta uno librarse de ella más se agudiza. Lógicamente.)

Entonces, el sujeto deprimido, podría idealizar fuertemente a esa persona, fijarse en sus cualidades e intensificarlas para transformarla en un objeto de admiración en vez de desprecio. Entonces resulta que habla muy bien de su madre, “es una gran persona, muy trabajadora, siempre entregada a los demás, honrada y amable, etc.” cuando en el inconsciente acumula los sentimientos de desprecio e incluso odio que en algún momento del pasado experimentó, “nunca se preocupó por mí, no me entiende ni me quiere, es una persona egoísta y mala madre, etc.”

El sujeto pasa a idealizar a esa persona objeto de su odio, para poderlo amar. Esconde sus defectos, para poderlo no solo soportar sino adorar. Y de esta manera, puesto que esa persona es ideal, el sujeto no tiene ya motivos para odiarla ni hacerle reproches.

Más tarde esa persona puede entrar en una depresión, ir a consulta y afirmar no saber por qué está deprimida. Lo achaca, en todo caso, a su “baja autoestima”. “¿Qué es la autoestima?”, le pregunta la psicóloga. Y tampoco sabe contestar por qué se siente tan poca cosa, por qué se siente miserable y se prohíbe éxitos en la vida.

Seguramente esos sentimientos de odio hacia la madre que ha preferido hacer in-conscientes le están pasando factura. Porque los mecanismos de defensa no los hacen desaparecer. Solo les otorgan otro estado psíquico. Y esto puede ser útil solo temporalmente. En ese estado “in-consciente”, (sin ninguna conciencia de ello), lo que hacen es incordiar, producir malestar. El odio sigue ahí, y la culpa, ahora agrandada por haber intentado burlarla, se cobra su penitencia con el fracaso del sujeto en empresas que intenta edificar.

Por eso la terapia ayuda a saber cosas de uno mismo. Facilita el aceptarse como se es y a integrar los defectos de los demás. Pueden convivir perfectamente sentimientos de odio y amor, de admiración y desprecio. De hecho, todas las relaciones humanas están hechas así.

Siempre es mejor para la salud mental dar cabida en la conciencia a los propios sentimientos, aunque sean “feos”, inmorales, de odio, desprecio, hacia los demás o hacia uno mismo, que reprimirlos y sufrir síntomas neuróticos.

 

Idealización en la Psicología

Existen en nuestra cultura muchos discursos al servicio de adornar la vida. Dentro del campo de la Piscología también. Circula mucho, por ejemplo, eso de que “hay que pensar en positivo”, “tienes que quererte más”, “eliminar tus pensamientos negativos”, etc.

Son discursos que surgen motivados por ese imperativo social de ser feliz y de triunfar, identificando el triunfo con la conquista de ideales tales como ser rico, famoso, guapo, inteligente y seguro de sí mismo. Hay que tener cuidado con estos discursos que a menudo aparecen en manuales de autoayuda y algunos discursos que hablan en nombre de la Psicología porque sirven para fomentar visiones idealizadas de la vida, de la propia personalidad y venden la felicidad como algo posible, como si esta fuera el resultado de un esfuerzo personal, bien orientado por un entrenador personal que va a conseguir que triunfes en todo.

Así, me llegan a la consulta a menudo demandas de felicidad, pero una felicidad sin implicaciones. Dígame qué tengo que hacer para ser feliz, pero no me haga pensar en nada que me incomode. Tampoco quiero responsabilizarme de mi malestar. Usted tan sólo dígame qué tengo que hacer para ser como a mí me gustaría ser, en definitiva, para poder sostener una imagen idealizada de mí. Sea usted un hada madrina y deme un toque de barita mágica.

Quíteme mi baja autoestima y hágame sentir seguro/a de mí mismo/a. Quíteme los celos que tengo para con mi pareja ya que son irracionales. Cómo puedo no pensar en ello. Póngame un poco de voluntad para hacer la dieta que quiero hacer y modificar mi cuerpo para que se parezca a mi ideal. Me quite usted estos pensamientos negativos que tengo, es que por momentos tengo ganas de hacer daño a mi novia, lo cual es imposible porque yo la quiero más que a nada en el mundo, es la mejor persona que he conocido nunca.

Me ponga y me quite, por favor, por aquí y por allí, como si de una operación estética se tratase. Pero, ¿quién les ha hecho creer que eso es posible?

Flotan en la sociedad estos mensajes que iluminan esperanzas en las personas más vulnerables. Por ejemplo en los adolescentes que están en pleno proceso de construcción y deconstrucción de sus ideales. O en las personas con mayor tendencia a la neurosis o incluso en los niños.

Hay incluso enfoques psicológicos llenos de ideales de felicidad que buscan una “positividad” en nombre del bienestar psicológico y que fomentan, sin pretenderlo, descuidadamente, el narcisismo de las personas.

También des-culpabilizan a los sujetos en nombre de una merecida autoestima. ¿Merecida? ¿Por qué? Es algo tan propio de la sociedad en la que vivimos que pasa por apropiado.

Pero, ¡cuidado! Cuando un sujeto se siente culpable es que “es” culpable. En su fuero interno lo es. Si un sujeto se juzga así, es por alguna razón. El no encontrar razones aparentes al sentimiento de culpa no significa que no las haya. Simplemente hay que buscarlas para verbalizarlas, pensarlas, integrarlas. Suelen ser inconscientes.

Además, y esto ocurre muchísimo hoy en día, la impotencia de las personas para cumplir con esos imperativos de felicidad, la imposibilidad estructural del ser humano para disfrutar de la vida con esa plenitud que nos intentan vender aumenta enormemente ese sentimiento de culpa que arrastra hacia la impotencia y la depresión. Y vienen al psicólogo para que este le ayude a cumplir más y mejor con las exigencias de su ideal.

La idealización está hoy en día muy implantada en el modo de vida imperante. Los gadgets del mercado, los artículos de consumo, los mensajes de las redes sociales, publicidad y los medios están a disposición de ello. Parece que nos pongan al alcance de la mano convertirnos en nuestro ideal.

La caída hacia la depresión está servida. Las cifras de personas deprimidas sigue aumentando y aumentando y los índices de suicidio se disparan de manera nunca vista, como una inoportuna mancha que agujerea nuestras idílicas vidas idealizadas.

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