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El miedo es más contagioso que el coronavirus

La extraordinaria mezcla de información sobre la expansión mundial de la COVID-19 y la incertidumbre ante una situación completamente nueva está desatando en muchas personas ansiedad, dificultades para dormir, diferentes estados más o menos hipocondriacos, miedo al otro, ideación paranoide, y en algunos casos incluso pánico a un encuentro inminente con la muerte.

Siempre hemos vivido con la posibilidad de contraer una enfermedad grave, pero era muy poco probable y los medios no tocaban el tema. O a veces ocurría que eso sucedía en países lejanos. Parecía que fuéramos invulnerables. Veíamos películas o leíamos novelas sobre catástrofes para confinar el miedo a un breve encuentro con la calamidad. Pero ahora se trata de la realidad, la probabilidad de contagio ha crecido y ha tocado nuestras puertas.

Sin embargo, la mayoría de las personas contagiadas se curan, de 172.541 casos confirmados, solo 18.056 han fallecido y 67.504 se han curado en España a fecha de 14 de abril, (Ministerio de Sanidad https://www.mscbs.gob.es/profesionales/saludPublica/ccayes/alertasActual/nCov-China/situacionActual.htm). Y en estos datos no entra aún una cantidad, que se sospecha elevada, de personas contagiadas pero asintomáticas. Es decir que el contagio de este virus en muchos casos no produce malestar, y otros cursan con sintomatología leve o muy leve. ¿Por qué está aumentando tanto la angustia?

Por un lado está la exposición a las noticias. Los medios de comunicación no hablan de otra cosa. Y por otro lado esta nueva realidad sirve para materializar los viejos miedos de la humanidad. Esos miedos que antes vivíamos en las películas ahora se vuelcan en la realidad. Pero mientras que con las películas “disfrutábamos” ahora son miedos que angustian.

Todos disponemos de un mecanismo psíquico muy común que consiste en proyectar fuera de nosotros temores internos, apoyándonos en elementos de la realidad. El miedo que la situación pandémica presente opera en muchas personas está en verdad despertando otros miedos ya preexistentes, miedos neuróticos y también psicóticos. El pánico a contraer la nueva enfermedad llamada COVID-19, a morir o a perder a un ser querido está enganchado, en muchos casos, a una angustia que proviene de conflictos psíquicos internos.

Antes, disponíamos de dispositivos para vivir esos “miedos” de manera controlada y satisfactoria, conociendo el límite, a través de una película de acción o de suspense: invasiones de zombis, alienígenas, robots, terremotos, volcanes, tsunamis, accidentes aéreos, etc., pandemias víricas incluidas. También las “escape rooms” sirven para vivir una emoción fuerte, o los descensos en parapente, o el puenting, el rafting, el paintball y en general todas las actividades de riesgo que últimamente se ofertaban casi de manera ubicua. Eso que llaman “una descarga de adrenalina increíble”, tan emocionante, servía para poder vivir el miedo de manera controlada y a pequeña escala y de paso darles alguna expresión simbólica a los miedos internos inconscientes.

Pero ahora no hay tanto control, se desconocen los límites, y además el peligro ha pasado de ser más o menos imaginario a ser real y letal. Esto hace que el placer se transforme en angustia.

Es totalmente lógico estar algo ansioso en estos días porque no sabemos qué va a pasar en un futuro inmediato ni a largo plazo, no sabemos si nos vamos a contagiar o no, o si, de hecho ya estamos incubando la gripe. Tampoco podemos calcular las repercusiones económicas que nos traerá la pandemia ni tampoco podemos tomar medidas debido a la parálisis del confinamiento. Esto es algo completamente nuevo, nos ha venido de golpe y viene a excitar directamente el viejo conflicto entre lo que Freud llamó “pulsión de muerte” y “pulsión de vida”.

Este real que se nos ha impuesto como un puñetazo que brote de una caja sorpresa repica de diferentes maneras en las distintas estructuras de la personalidad. Los hipocondriacos de diversos calibres están pasándolo peor que nunca. La hipocondría es un miedo o preocupación persistente a padecer una enfermedad, o la convicción de tenerla grave. Puede inspirarse en la interpretación subjetiva de cualquier signo que aparezca en el cuerpo o sencillamente invadir el imaginario sin que haya percepción de ningún síntoma físico. Puede haber, en los casos delirantes (psicosis) una certeza total de estar enfermo o infectado sin que haya ningún signo plausible de enfermedad.

Los ansiosos sufren por el futuro, anticipando desastres de todo tipo. La depresión se extenderá a lo largo de los próximos meses y años, como una consecuencia del sentimiento de indefensión, cuando toque enfrentarse a desastres económicos, pérdidas de proyectos, de trabajos, de empresas, y sobre todo de seres queridos de los que, encima, ahora uno no se puede despedir adecuadamente, dificultando el necesario proceso de duelo, o al menos ralentificándolo o cronificándolo por la falta de rito funerario cuya función es la de simbolizar de algún modo ese gran real imposible de simbolizar que es la muerte. Suponemos que cuando esto pase habrá funerales de estado, se habilitará de alguna manera la posibilidad de ritualizar las pérdidas, de simbolizar las despedidas. Pero mientras eso llegue, quizás dentro de muchos meses, las personas están esperando en sus casas, confinadas, sin poder tocar, abrazar a sus familiares, despedirse de ellos. Eso es muy duro.

Pero, ¿por qué se ha extendido la desconfianza y el miedo con esta relativa facilidad? ¿Es solo la propagación de bulos en las redes para los que muchas personas carecen de filtros interpretativos que les ayude a vivir más serenamente la realidad? ¿Quizás había un terreno ya abonado en la sociedad para que la sensación de inseguridad fructifique?

 

Un agujero en la ciencia

La ciencia es la sustituta de la religión, desde el siglo XVIII. La humanidad se refugia en el discurso científico como antaño volcaba los miedos más instintivos en las religiones, confiando en que las innovaciones científicas nos protejan de todo mal, del sufrimiento y de la ignorancia, de la incertidumbre, nos dé explicaciones de los fenómenos naturales y humanos. La ciencia alimenta incluso el universal imaginario de la vida eterna; como nos comenta Yuval Noah Harari en su “Sapiens”: “El proyecto vital de la revolución científica es dar a la humanidad la vida eterna”. Y transmite la idea de que en un futuro no muy lejano los humanos dejarán de ser mortales porque serán amortales, esto es, que “en ausencia de un trauma fatal, su vida podría extenderse indefinidamente”. Pues bien, esa ciencia de la que se espera que lo sepa todo y lo pueda todo ahora mismo está desbordada. Ha sido marcada por el desconocimiento. Un real, un organismo de tamaño nanométrico al que se le ha bautizado SARS-CoV-2, ha venido a poner en jaque su omnipotencia, ha recortado la seguridad en la que vivía el mundo occidental. Y este traumatismo en el imaginario colectivo está generando estragos  y su impacto irá añadiendo secuelas en los años por venir.

La ciencia no conocía a este virus. Pero rápidamente se ha lanzado a contrarreloj a buscar la vacuna y el remedio. Y lo encontrará, seguro, podrá vencerlo, pero hasta que eso ocurra, el enemigo se cobrará numerosas muertes, un síncope económico sin precedentes y una crisis social ahora mismo incalculable.  ¿Es el precio a pagar por una falta en el saber?

Las personas físicamente más vulnerables fallecen irremediablemente. Cada día vemos engrosar estas cifras. Pero la mayoría de la gente se cura. Y el número de contagiados asintomáticos se sospecha considerable. Aún no se ha medido.

A falta de que la madre ciencia nos proteja con una vacuna la única defensa con la que contamos es la de nuestros propios actos y precauciones, el ponernos a resguardo y la modificación de nuestros modos de relación con el otro que, nos dicen, cuanto más nos alejemos los unos de los otros mejor, al menos durante unas semanas o quizá meses, en que debamos permanecer confinados en nuestros hogares. Se ha convertido en un imperativo ético.

Mientras tanto un improvisado ejército sanitario combate en el frente, a veces desprovisto de los escudos defensivos necesarios, poniendo en riesgo su vida.

Y la ciencia, a pesar de todo, está salvando muchas vidas. Los múltiples ensayos con diferentes fármacos: cloroquina e hidrixicloroquina, azitromicina, etc. (Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios,https://www.aemps.gob.es/la-aemps/ultima-informacion-de-la-aemps-acerca-del-covid‑19/tratamientos-disponibles-para-el-manejo-de-la-infeccion-respiratoria-por-sars-cov-2/#collapseOne1) y los artilugios que nos aporta la tecnología biomédica como los respiradores mecánicos tan solicitados en estos días, están consiguiendo sacar adelante a personas, por ejemplo de edad avanzada, que sin estos avances nada podrían haber hecho frente al SARS-CoV-2. Pero esto parecen no verlo algunas personas que tienen la atención centrada en el desastre, la amenaza, la muerte inminente.  El miedo interno es todopoderoso y a veces impide ver la realidad.

De cualquier modo todo esto nos hace bajar del pedestal imaginario, narcisista, en el que vivíamos antes. La ciencia ha demostrado no ser todopoderosa, no fue capaz de predecir la catástrofe y le está costando un gran esfuerzo tomar las riendas de la situación.

A partir de este hito histórico va a haber un antes y un después. Una pandemia mundial se ha ubicado en las puertas del siglo XXI marcándolo con una huella indeleble. Las consecuencias post-pandemia ahora mismo son incalculables pero se intuyen trascendentales. Los expertos hablan de una crisis económica y social sin precedentes. Por supuesto que adquiriremos un aprendizaje. Como de cualquier capítulo importante de la historia, pero para ello hace falta tiempo. Tiempo para comprender, tiempo para asimilar, tiempo para concluir.

 

Un agujero en la defensa

La defensa armamentística en la que la humanidad invierte tantos millones se ha revelado inútil frente a este enemigo. Los ejércitos no pueden hacer ahora nada, no nos pueden defender. Otro gran estandarte del sistema ha quedado al desnudo, impotente.

Por otro lado está nuestra defensa psíquica. La realidad es ese mundo en el que nadie quiere vivir. La forramos de tejidos imaginarios para poder soportarla. Inventamos defensas de infinitos tintes para habitar el mundo. Pero ahora un real ha abierto una grieta en nuestros tejidos defensivos y viene a estimular la angustia, ese sentimiento asociado a la incertidumbre y al desamparo. El goce hipocondriaco encuentra un campo abonado para su expansión a la que a duras penas los sujetos con esta tendencia van a ser capaces de ponerle límites. Y quien no era hipocondriaco lo empieza  a ser ahora: ¿y si el bicho está ahí? ¿Y si lo he tocado? ¿Y si no me he lavado bien? ¿Y si esta tos es un signo? La paranoia encuentra razones para autojustificarse, “el otro me ataca”, y ya no es el virus sino el otro humano con su falta.

 

Un agujero en la religión

No es nada nuevo. La religión ya fue agujereada en el siglo XVIII, la proclama nietzscheana “Dios ha muerto” lo simbolizó en el XIX, y a lo largo del XX ha ido perdiendo adeptos que se pasaban a las filas del discurso científico, el cual ha encontrado en este siglo un auge insólito. No obstante el poder de la religión aún sigue vigente en las puertas de este milenio recién estrenado. Millones de fieles de diferentes religiones necesitan de la fe en un dios que les haga soportar los sinsentidos de la especie humana, las injusticias, el sentimiento de culpa inconsciente y que sobre todo les aporte un refugio ante la idea de la muerte. No hay religión sin proyectos de vida para después de la muerte.

Sin embargo la Iglesia permanece en estos días misteriosamente silenciosa. No protagoniza escenas, no habla apenas en los medios. Algunas imágenes del Papa, silencioso, cumpliendo con las liturgias de pascua, solo, en un Vaticano vacío. Parece como si dejaran el sufrimiento en manos de la ciencia. No vemos a predicadores dando ánimos, estimulando la necesidad de fe, recolectando almas como en las épocas de la peste o la lepra. En su lugar han proliferado los anuncios, consejos y remedios, indicándonos qué comprar, cómo debemos consumir, qué fabricar y cocinar en estos días. No hay ayuda espiritual en las redes. Las personas se aferran a objetos de consumo para calmar la ansiedad.

Quizás haya en los años venideros, a raíz de esta pandemia, un rebrote de la fe, un retorno a la religión, como un síntoma apaciguador, ante la insuficiencia de la ciencia para aportarnos seguridad.

 

La desconfianza

Es otro de los sentimientos que prolifera en estos días, que alimenta y es alimentado por los miedos internos. La desconfianza flota en el aire. Desconfianza en las instituciones que hasta hace poco eran sagradas, como la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.). El mismísimo Trump acusa a La O.M.S. de mala gestión y encubrimiento. Se debilita la confianza en los políticos, en los organismos, en las medidas profilácticas decretadas.

También existe una desconfianza en el otro, vivido paranoicamente como un potencial agresor, un homicida, debido a su capacidad de contagio. Algunas personas necesitan encontrar un culpable humano del drama que estamos viviendo, proyectar en alguna parte su sentimiento de indefensión. Quizás esté relacionado con una especie de reproche inconsciente por no ser capaz de ser garante de nada. Solo les falta llorar la letanía: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” Siguen aferrándose a la ciencia, a las instituciones, a los organismos públicos y privados, a los amos del saber, como un niño se aferra de la mano de sus padres a los que imagina omnipotentes. No toleran “la falta” del sistema al  que creían omnipotente. No se lo perdonan.

El enemigo real es el SARS, pero como a éste no podemos insultarlo, ni agredirlo, ni siquiera verlo y a duras penas podemos matarlo, algunas personas se desahogan culpando del desastre a otros humanos. Se disparan los reproches por la falta de conocimiento en primer lugar, falta de previsión, de iniciativas, de preparación, falta de medios, de recursos, falta de infraestructuras. Nadie en el mundo estaba preparado para una invasión enemiga de este calibre. Y la falta del otro siempre está ahí, es estructural, siempre está ahí para quejarse uno de ella. Y ahora es real.

 

La incertidumbre

Es difícil de soportar. Diferentes síntomas sociales han dado cuenta de ello, como la realización de compras masivas, aprovisionamientos desmesurados o irracionales, tales como la adquisición compulsiva de papel higiénico, que se ha repetido en los diferentes países.  ¿Había una intención de aislarse del mundo?

Algunas mentes desesperadas se han lanzado a la propagación en las redes de invenciones con diferentes motivaciones.  Nuestra era digital permite la difusión de cualquier noticia, sea fundada o no en realidades. Las “fake news” circulan a sus anchas por los medios como un virus paralelo al SARS aprovechando la inquietud de la gente y la necesidad de agarrarse a algo que les proteja de la incertidumbre, más insoportable que nada. Mensajes apocalípticos, medidas protectoras cargadas de superstición, de ignorancia, mensajes que incitan a la segregación… Esto tiene un efecto nefasto en muchas personas que están desprovistas de capacidad para filtrar noticias o en personas frágiles por su situación psíquica previa.

 

El futuro

Saldremos de esta, pero ¿a qué precio? Las instituciones del mundo entero están improvisando cada día diferentes medidas de contención, de profilaxis, de recursos para proteger en lo posible nuestras vidas y aminorar el impacto socioeconómico al que tendremos que hacer frente. Al ser un enemigo nuevo hay que innovar, hay que inventar. Y constatamos que el sistema no es tan impotente; que hay una capacidad de reacción, de alarma, de puesta en marcha, de esfuerzo, de explotación  de los recursos. Vemos que sí hay aptitud para vencer al enemigo, aunque haya que inventar las armas a cada momento. No somos tan impotentes ante el virus.

Eso sí, como en cualquier guerra, es inevitable el recuento de muertos, de afectados, de desgracias humanas de diferentes calibres que se van a cobrar en los países más desfavorecidos su mayor magnitud.

En la mayoría de las personas los síntomas psíquicos serán pasajeros, se irán con el vendaval. Pero a algunos les hará mella en lo profundo, les supondrá un trauma, y necesitarán, o bien de más tiempo de elaboración intrapsíquica  y contacto con una realidad más benévola, cuando todo esto pase, o  bien de ayuda profesional para digerir.

 

 

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