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Ataque de pánico

La crisis de angustia, o ataque de pánico, es un momento de miedo paroxístico. Su aparición suele ser violenta, inesperada, y su duración es variable, desde unos segundos a varias horas. Se caracteriza por un miedo intenso, insoportable, puntual y carente de sentido.

Síntomas más comunes

La sintomatología es variable, cohabitando síntomas físicos y subjetivos, íntimamente mezclados.

Entre los síntomas físicos más comunes nos encontramos con una respiración acelerada y sensación de ahogo, de cierre de la garganta y dificultad para respirar, palpitaciones, aumento del ritmo cardiaco y de la tensión arterial, calor repentino, sudor intenso, temblor distal, incluso sensación dolorosa en alguna parte del cuerpo, sobre todo en el pecho, pudiendo llegar a confundirse con un ataque al corazón. Puede haber dolor de cabeza, dolor de vientre, náuseas, vómitos, diarrea. Hormigueo en extremidades y cualquier parte del cuerpo, entumecimientos. Sensación de mareo, de que todo da vueltas alrededor, vértigo, sensación de ir a desmayarse. Desmayos reales.

La subjetividad que acompaña es variada, predominando el miedo intenso y la sensación de pérdida de control ante un peligro inminente. Hay siempre una carencia de sentido, una dificultad para explicarse qué está pasando. De ahí que algunas personas lo describan como sensación de estar volviéndose loco. Puede haber pérdida de la ubicación espacio-temporal, con la impresión de que un abismo se abra bajo los pies o de que el tiempo se haya detenido. La sensación de estar fuera de la realidad, fuera de la escena en la que el cuerpo está presente. A menudo se tiene la impresión de ir a morir súbitamente, o aparecen ideas asociadas con la muerte.

Sensación de peligro inmediato que impele a salir huyendo. Aunque no se sabe de dónde proviene el peligro. Desde luego de la realidad circundante no. No se trata de un peligro que venga del exterior sino del interior, aunque en ese momento el sujeto no lo sabe.

En ese momento no se puede hacer nada para apaciguar la angustia, salvo esperar a que pase, o bien tomar alguna medicación, si da tiempo, si el proceso es largo, que también puede ser. Son crisis que aparecen de repente, sin previo aviso, y a menudo no hay ni signos que lo puedan augurar.

Es un proceso que comienza y acaba. En caso de que su duración se alargue y dé tiempo a dirigirse a urgencias, una medicación sedante suele ser la manera rápida de aliviar este sufrimiento.

Hay también una intensa sensación de soledad. Uno está muy solo en medio del terror. No hay nadie acompañando ese momento, ni palabras de alivio que valgan, ni explicativas, nada que pueda ayudar a nombrar lo que está pasado para poder cernirlo, para poder darle un nombre. Precisamente esa ausencia de nominación está en el núcleo causal del ataque de pánico.

Una vez terminado el episodio puede sobrevenir una sensación de abatimiento, de tristeza e impotencia. Perplejidad. A veces comienza a instalarse una angustia generalizada en la vida del sujeto.

La angustia es tan antigua como el ser humano. El término “pánico” procede de la palabra griega Panikós, que tiene su origen en Pan, dios griego que aparecía súbitamente en la noche originando terror en la gente. Dotado de un enorme miembro viril, gustaba de apremiar a las Ninfas, apareciéndose entre el boscaje con la intención de poseerlas sexualmente. Al mismo tiempo tenía un carácter endiablado y castigaba aterrorizando a todo aquel que perturbara el sueño de  su siesta.

A lo largo de la historia se ha hablado mucho de la angustia, en la literatura, el pensamiento, el arte, pero no tendrá un estatuto clínico, hasta finales del siglo XIX, en 1895, cuando Sigmund Freud delimitó bajo el nombre de Neurosis de Angustia un conjunto de síntomas que tienen como base la angustia. Desde entonces hasta hoy en día no se ha dejado de investigar y tratar este cuadro como una entidad clínica particular.

 

Algunas cifras

  • Entre un 1,5 y un 3 % de la población ha experimentado algún ataque de pánico.
  • Los adolescentes y los jóvenes son los más afectados. Y es raro a partir de los 65 años.
  • las mujeres tienen tres veces más riesgo que los hombres de experimentar un ataque de pánico en algún momento de su vida.
  • A menudo se trata de un síntoma familiar, es decir varios miembros de una familia los sufren o lo han sufrido. Una persona tiene un riesgo 8 veces mayor de padecer una de estas crisis si algún otro miembro lo ha padecido también.
  • Más de tres cuartas partes de las personas asocian su primer ataque de pánico con un acontecimiento particular: un duelo, ruptura, dificultad cualquiera de la vida.
  • Suelen estar asociados con una personalidad particularmente ansiosa y con la agorafobia (miedo a salir o a estar en espacios abiertos en donde no se puede uno ocultar o poner a salvo).

 

Conductas de evitación

La necesidad de evitar la posibilidad de repetición de un ataque de angustia impulsa a huir de cualquier escenario que pueda recordar a una crisis pasada. Ya sea un lugar con características similares, personas de rasgos determinados, objetos, signos, símbolos que representen de alguna manera elementos asociados al ataque de angustia.

Por asociación mental, la lista de elementos evitados puede extenderse demasiado. Si no se trata psicológicamente, es decir, si el sujeto opta por ignorar los motivos de su(s) ataques(s) de angustia, se podría estar formando una bola de nieve que puede ir progresando hasta entorpecer seriamente el fluir vital, debido a la necesidad de evitar cada vez más situaciones y más personas, así como aumentar el riesgo de seguir padeciendo ataques y cada vez más intensos.

¿De qué se huye? Aquello de lo que se huye está en el interior de uno, aunque se suela proyectar fuera, sobre personas, o escenarios. Éstos tan solo simbolizan aquello que realmente angustia. Lo que angustia es inconsciente y se puede descubrir mediante la psicoterapia psicoanalítica.

 

Tratamiento

En muchos casos este cuadro tenderá a la repetición en la vida de una persona si no lo trata. No hay que dejar nunca de lado un ataque de angustia. Cuando este aparece es porque ya se lleva mucho tiempo ignorando, barriendo bajo la alfombra, algunas cosas de uno mismo que no se quieren ver.

Hoy en día es una de las demandas más frecuentes en las consultas «psi». La angustia es algo que se ha extendido en la población habiéndose multiplicado su incidencia tras la irrupción en nuestras vidas del COVID-19. Pero ya antes de la pandemia era algo generalizado, propio de nuestra sociedad.

Hay dos tratamientos fundamentales: el médico y el psicológico, el primero utiliza la medicación y el segundo el tratamiento por la palabra.

 

Tratamiento médico

Hoy día la medicación suele ser el tratamiento más empleado, por su comodidad, efectividad rápida, ahora que vivimos en la época de la inmediatez. Es realmente útil para la crisis específica. En los servicios de urgencias se suele administrar medicación y en poco tiempo el paciente encuentra alivio sintomático.

Tiene la desventaja de que su uso exclusivo y continuado condena a las personas a una cronificación de su problema y convierte a los pacientes en adictos a sustancias que no curan sino que drogan.

Además tiene el inconveniente de que silencia el síntoma. Al apaciguar la angustia (que es un síntoma, no una enfermedad) dejamos de tener noticias del proceso psíquico interno que había causado la angustia, que ni mucho menos lo puede hacer desaparecer la medicación. Y si el paciente está haciendo a la vez una cura psicológica, la medicación cortocircuita la posibilidad de una cura efectiva ya que si no se deja hablar a la angustia no sabemos ante qué estamos.

La medicación “roba” a los pacientes su derecho a “saber”, a investigar el origen de la angustia que siempre, siempre, tiene que ver con su vida, su historia, sus significaciones y la ausencia  de significantes que nombren.

La “moda” de estos tratamientos biológicos (alimentada por intereses de mercado) es uno de los factores que colaboran en el engordamiento de las cifras de personas que sufren ansiedad, angustia y crisis de pánico en el mundo, habiéndose convertido este cuadro en una auténtica pandemia hoy en día. Cada vez hay más gente adicta al consumo de medicación psicotrópica y menos gente conocedora de sí misma.

Los descubrimientos de Sigmund Freud fueron una revolución en su día porque precisamente desligaron el tratamiento de los síntomas psíquicos del campo de la Medicina. Esto supuso una revolución en el campo científico. Pero parece que hoy asistimos a una involución de los avances. Hemos ido hacia atrás. Hay sectores de la ciencia actuales que pretenden volver a los tiempos pre-freudianos, cuando se buscaba (inútilmente) una causa orgánica en el cerebro de la gente.

Freud, médico de origen, neurólogo, científico de laboratorio atado al método experimental más riguroso, trabajaba cada día con personas que sufrían de angustia, entre otros malestares. Pronto se dio cuenta de que la medicina poco o nada podía hacer por estas personas. Desarrolló el método psicoanalítico como alternativa. El psicoanálisis servía como instrumento de observación (una alternativa al microscopio), e investigación (una alternativa al método científico experimental), como teoría explicativa del ser humano y como tratamiento alternativo al tratamiento médico, del cuerpo. Y es que la angustia no procede del cuerpo, aunque esté íntimamente ligada a él.

Partiendo de Freud, llamado también el Padre de la Psicología, surgió toda una multitud de psicoterapias y enfoques, incluidas las terapias cognitivas, todas ellas usando la palabra como técnica fundamental de abordaje psicoterapéutico. A lo largo del siglo XX han proliferado las psicoterapias muy variopintas.

Paralelamente, la farmacología ha ido desarrollado en los últimos años medicamentos que alivian efectivamente los diferentes sufrimientos psíquicos. Han proliferado tanto que casi hay una sustancia para cada tipo de malestar psíquico. Pero no curan, son una droga con alto poder adictivo. Neutralizan las sensaciones en el cerebro, nada más. Y muchas veces con efectos secundarios indeseables. Aún así es muy elevado el porcentaje de personas que consume benzodiacepinas (antidepresivos). España, en un estudio que incluía a 85 países,  resultó ser el país del mundo que más consume: 91 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. Y según datos del Ministerio de Sanidad una de cada diez personas toma antidepresivos a diario y el 5,5 % de la población, toma ansiolíticos a diario. (Más información aquí: España lidera la lista mundial de consumo de benzodiacepinas para la ansiedad (infocop.es))

La angustia es una de las peores cosas a vivir en esta vida, quizás sea la sensación más desagradable que exista, y el tener a mano algo tan fácil como ingerir una pastilla para frenarla explica en parte la capacidad de esta medicación para convertirse en adictiva. De esta circunstancia se está aprovechando la industria farmacéutica que se embolsa cifras multimillonarias cada año, siendo uno de los negocios más lucrativos del panorama actual. Es esta una de las razones de que el tratamiento medicamentoso sea más utilizado que cualquier otro. Porque a su vez, el hecho de que sea un negocio ingente contribuye a que las necesidades de las leyes del mercado se impongan sobre las necesidades humanas.

Todo ello acusa un detrimento de las terapias por la palabra, o psicológicas, paradójicamente, siendo estas las únicas que pueden aportar un remedio curativo, real.

Hoy en día una persona que haya sufrido un ataque de pánico, puede pasar por los servicios de emergencias de un hospital, desfilar por las manos de varios profesionales, y una vez que se descarta el origen físico del ataque de angustia, son despachados con una benzodiacepina bajo la lengua sin que nadie se detenga a preguntarle ¿Qué te ha pasado? ¿Quieres hablar de ello?

 

 

Terapias psicológicas

Todas las terapias psicológicas usan la palabra para tratar el malestar. Las hay que están centradas en el síntoma, como pueden ser las técnicas de modificación de conducta, embarcadas en hacerlo desaparecer mediante diferentes técnicas. Por supuesto que se puede conseguir mediante estas técnicas que una persona vuelva a caminar por un puente, o que entre sin miedo en un determinado edificio, o que vuele en avión, o que suba a una altura, o que hable con determinadas personas. Son técnicas que observan la conducta objetiva (si es que esto es posible) y no se interrogan nada acerca de la causa de la angustia. Pero eso no es exactamente un éxito terapéutico. Es en cierto modo otra manera de estar “drogado”, en el sentido de continuar dormido, ignorante de las razones de la angustia, tema escabroso, en el que muchas personas prefieren no hurgar. De hecho estas técnicas son siempre aliadas del tratamiento medicamentoso, suelen ir de la mano. Pastillas, ausencia de preguntas, disolución de unos síntomas y aparición de otros, fomento de la ignorancia, cronificación del malestar, dependencia de las pastillas. Se puede llegar a obtener un bienestar relativo. Hoy en día sabemos que, con solo eliminar los síntomas transitoriamente, el problema no está del todo resuelto.

Mientras no se trabaje la verdadera razón (que siempre es inconsciente) la angustia seguirá su curso. Siempre tiende a manifestarse. Mientras no se toque lo inconsciente, lo “real” del corazón de la angustia, se está perdiendo el tiempo. Y esto es lo que propone la terapia psicoanalítica. El psicoanálisis sí se pregunta sobre las causas. El interrogarse sobre la angustia nos lleva a interrogarnos sobre nuestro propio deseo inconsciente. Freud diría: “ahí donde yo deseo, ahí me angustio”.

En efecto, a diferencia del miedo que es una reacción ante un peligro externo, conocido y del cual uno puede escapar fácilmente, la angustia es una reacción frente a un peligro que procede del interior de uno mismo, de nuestras pulsiones. Freud decía que no tiene objeto y que esto es precisamente lo que es angustiante y porque del peligro interior no podemos huir. No podemos huir de nuestras pulsiones psicosexuales, diría él.

Posteriormente Jacques Lacan nos aportará que la angustia es “el único afecto que no engaña” y desarrollará a continuación una demostración de que en realidad, la angustia sí tiene un objeto, solo que no es un objeto como los demás. Es impalpable, indecible. Es el objeto causa de mi deseo inconsciente. Un objeto que me resulta a la vez exterior y cercano. Está fuera, relacionado con los demás, y a la vez está dentro, como algo muy íntimo. Es el llamado “objeto a”, concepto cargado del mismo misterio con el que está fraguada la angustia.

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